EEMPA 1037 “Mónica Chirife”. Lengua.  Actividad 3 –  3° año “A” y “C”. Profesor Sacco, Sebastián

Modalidad: Individual. Presentación: 29-9

-En la actividad anterior vimos la estructura de la narración ficcional: tipos de narradores, marco y secuencia de acciones. En esta actividad abordaremos un tipo de cuento: el policial. Los cuentos modernos generalmente se clasifican en realistas, fantásticos, maravillosos, de ciencia ficción y policiales. Hay que aclarar que un cuento puede tener elementos de distintos tipos de cuentos; por ejemplo, ser un policial de ciencia ficción. Además, hay diversas formas de clasificar a los cuentos. Otras siguen un principio temático referido a lo humorístico, el terror, etc.

En esta oportunidad, nos vamos a enfocar en el cuento policial. Para comenzar, lean con atención los siguientes textos:

Cuento policial: narra hechos relacionados con la investigación de un crimen; robo, desaparición, asesinato, etc. Generalmente, su temática principal tiene que ver con la resolución de un enigma o misterio asociado con lo delictivo, o bien, con la persecución de algún criminal. Generalmente se habla de dos tipos de narraciones policiales, el policial clásico y el policial negro.

 

El policial clásico y el policial negro

Los orígenes del relato policial pueden ubicarse en 1840, cuando el escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849) publica sus cuentos "Los crímenes de la calle Morgue", "La carta robada" y " El misterio de Marie Roget", que tienen como protagonista al detective Auguste Dupin. En estos relatos, Poe establece las reglas básicas de lo que luego se llamó "policial clásico o de "enigma". Los elementos típicos en estos cuentos son:

 

a) Un crimen, del que se desconoce quién, cómo y por qué lo cometió, y que se presenta como un enigma irresoluble.

b) Un detective de inteligencia destacada, que investiga y re­suelve el caso a pedido de la policía. Con este personaje colabora un fiel compañero, que escucha sus razonamientos y deducciones.

c) Una serie de pistas o indicios, aparentemente inconexos, que le sirven al detective para descubrir al delincuente.

d) La resolución del misterio, la identificación del culpable y la explicación, por parte del investigador, de cómo llegó a la verdad.

Casi cincuenta años después de Poe, el escocés Arthur Conan Doyle (1859-1930) crea la famosa dupla del detective Sherlock Holmes y su ayudante, el doctor Watson, que protagonizan Estudio en escarlata (1887), la primera de una larga y exitosa serie de novelas aún vigentes entre los lectores del género.

 

Los detectives Dupin y Holmes reúnen características que definen el estereotipo de investigador del policial clásico, que reaparece a lo largo del siglo XX (por ejemplo, con Monsieur Poirot, el personaje de la inglesa Agatha Christie). Estos personajes suelen ser excéntricos, cultos y brillantes; se relacionan con la "alta sociedad"; y toman la investigación como un reto a su inteligencia. Son intelectuales que aplican métodos racionales, principios científicos y técnicas modernas basadas en variados conocimientos.

Después de acudir a la escena del crimen, observar los detalles, interrogar a los testigos y reunir evidencias, estos detectives se retiran a su hogar a pensar y a relacionar las piezas de información con que cuentan, o realizan diligencias incomprensibles para sus ayudantes y para los lectores, pero que cobrarán sentido cuando expliquen cómo resolvieron el caso. Ese aislamiento y la omnipotencia intelectual que manifiestan, siempre les dan cierta inmunidad: el lector sabe que estos héroes nunca corren peligro.

 

El policial negro

A comienzos de la década de 1920, nace en los Estados Uni­dos una corriente del género conocida como "policial negro" o "duro". Algunos de los escritores más renombrados de esta vertiente son Dashiell Hammett y Raymond Chandler, creadores de los per­sonajes de Sam Spade y Philip Marlowe, respectivamente. Este tipo de detectives se diferencia de los del policial clásico en que vive de su trabajo y se lanza a las calles: la investigación lo lleva por ám­bitos sociales diversos; frecuenta los bajos fondos y enfrenta enga­ños que ponen en peligro su vida. Suelen ser ex policías en deca­dencia, que conocen los códigos del mundo del delito; actúan basándose en la lealtad y son incorruptibles.

El policial negro no se centra en el enigma en sí, sino en la representación de una sociedad corrupta y de una compleja trama de intereses, poder y dinero, que opera detrás del delito. Por eso, en estos relatos aumentan el suspenso y la incertidumbre: los detectives no son infalibles y el lector no sabe qué ocurrirá con su héroe en el siguiente capítulo, ya que, en ese mundo de violencia urbana, mafia y complicidad de los poderosos, rige la ley del más fuerte.

El surgimiento del policial negro se vincula a su contexto histórico y social. En la década de 1930, los Estados Unidos se vieron inmersos en una gran crisis económica y social, a partir de la caída de la bolsa de Wall Street en 1929. La economía se derrumbó y sur­gieron profundos conflictos sociales generados por la desocupa­ción. La "ley seca", que prohibía comercializar y consumir alcohol, alimentó un mercado paralelo manejado por organizaciones criminales. Las mafias disputaban verdaderas guerras por el dominio del negocio del alcohol, el juego, las drogas y la prostitución, con la complicidad de parte del poder político y policial.

Las historias del policial negro hablan de una sociedad que perdió sus valores fundamentales y en la que la ley fue reemplazada por los negocios turbios. En ese contexto, los detectives ya no in­tentan restablecer el orden, sino simplemente hacer su trabajo.

El policial negro tuvo su auge en la década de 1930. Algunos de sus títulos clásicos son Cosecha roja (1929), de Dashiell Hammett; El cartero llama dos veces (1934), de James M. Cain; ¿Acaso no matan a los caballos? (1935), de Horace Mac Coy, y El sueño eterno (1938), de Raymond Chandler.

 

Adaptación de: Autores varios; Cuentos policiales argentinos - Antología; Colección Azulejos; Editorial Estrada; Buenos Aires; 2006

 

1-¿Qué cuento, novela, película o serie que hayas visto o leído pensás que puede catalogarse como policial?

 

2-Realizá un cuadro comparativo con la información principal de policial clásico y policial negro. ¿Cuál creés que es el tipo de cuento policial acorde a nuestra época? ¿Por qué?

 

3-Investigá sobre uno de estos autores de cuentos policiales sobre el que te interese conocer más. Sintetiza en 6 líneas la información que encuentres: Jorge Luis Borges / Agatha Christie / Raymond Chandler / Patricia Highsmith

 

 

3-Leé con atención los siguientes cuentos y:

a-Identicá el crimen cometido, el móvil (motivo o razón que dio lugar al crimen) y víctima.

b-En uno de los cuentos no aparece la figura del detective: ¿en cuál? ¿Por qué te parece que no hay detective?

 

-Estos cuentos están a continuación, pero también los podés leer en:

 “El crimen casi perfecto”: https://campus.ort.edu.ar/articulo/306268/el-crimen-casi-perfecto-de-roberto-arlt

“El marinero de Ámsterdam”: https://ciudadseva.com/texto/el-marinero-de-amsterdam/

 

El marinero de Ámsterdam

El bergantín holandés Alkmaar volvía de Java cargado de especias y otras materias preciosas.
Hizo escala en Southampton y los marineros obtuvieron permiso para bajar a tierra.
            Uno de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un papagayo sobre el izquierdo y, en bandolera, un bulto de telas indias que pensaba vender en la ciudad junto con los animales.
             Era a comienzos de la primavera y la noche aún caía temprano. Hendrijk Wersteeg marchaba a buen paso por las calles algo neblinosas, que la luz de gas iluminaba apenas. El marinero pensaba en su próximo regreso a Amsterdam, en su madre, a quien llevaba tres años sin ver, en su novia, que lo aguardaba en Monikendam.
            Calculaba cuánto dinero le producirían los animales y las telas, y buscaba un comercio donde pudiera vender esas mercancías exóticas.

En Above Bar Street, un señor muy correcto lo detuvo para preguntarle si buscaba comprador para el papagayo.
             –Este pájaro –dijo– me vendría muy bien. Necesito alguien que me hable sin que yo deba responderle, pues vivo solo.

Como la mayoría de los marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Fijó un precio que el desconocido aceptó.

–Sígame –dijo éste–. Mi casa queda bastante lejos. Usted pondrá el papagayo en una jaula que tengo. Me mostrará usted sus telas y quizás encuentre alguna de mi gusto.

Contento de su inesperado éxito, Hendrijk Wersteeg siguió al gentleman, haciendo durante el camino el elogio de su mono, que, decía, era una especie muy rara, cuyos individuos se adaptan muy bien al clima de Inglaterra y que, además, se encariñan con los amos.

Hendrijk Wersteeg dejó al pronto de hablar. Estaba derrochando sus palabras, pues el desconocido no le respondía y ni siquiera parecía escucharlo.

Continuaron caminando en silencio. Nostálgicos de sus tropicales selvas natales, el mono –asustado por la niebla– soltaba un gemido de niño recién nacido, y el papagayo batía las alas.

Al cabo de una hora de marcha, el desconocido dijo bruscamente:

–Nos estamos acercando a mi casa.

Habían salido de la ciudad. El camino estaba bordeado por grandes parques cercados por verjas. De tanto en tanto, brillaban a través de los árboles las ventanas iluminadas de un cottage; a ratos, en la lejanía, sonaba en el mar el grito siniestro de una sirena.

El desconocido se detuvo ante la reja, sacó una llave del bolsillo y abrió una puerta que volvió a cerrar una vez que entró Hendrijk.

El marinero estaba impresionado. Apenas distinguía en el fondo del jardín una casita de bastante buen aspecto, pero cuyas persianas cerradas no dejaban filtrar ninguna luz.

El silencioso desconocido, la casa sin vida, todo eso era bastante lúgubre. Pero Hendrijk recordó que el desconocido vivía solo. Es un extravagante –pensó–. Y como un marinero holandés no es lo bastante rico como para que alguien piense en desvalijarlo, se avergonzó de sus temores.


*
             –Si tiene usted fósforos, alúmbreme –dijo el desconocido, introduciendo una llave en la cerradura de la puerta del cottage.

El marinero obedeció y, una vez adentro, el desconocido trajo una lámpara que iluminó una sala amueblada con gusto.

Hendrijk Wersteeg estaba ahora completamente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le compraría buena parte de sus telas.

El desconocido, que había salido de la sala, volvió con una jaula:

–Ponga aquí el papagayo –dijo–. Sólo cuando se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga le pondré sobre una percha.


            Después de cerrar la jaula, en la que el pájaro quedó azorado, pidió al marinero que tomara la lámpara y pasara a la habitación vecina, donde había una mesa apropiada para desplegar las telas.

Hendrijk obedeció y entró en la habitación indicada. En seguida escuchó la puerta cerrarse tras él y la llave que giraba en la cerradura. Estaba preso.

Confundido, dejó la lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse sobre la puerta para forzarla. Pero una voz lo detuvo:

–¡Un paso más y es hombre muerto, marinero!

Hendrijk levantó la cabeza y vio, por un tragaluz que no había notado hasta entonces, el caño de un revólver que lo apuntaba. Aterrorizado, se detuvo.

No había lucha posible: su cuchillo de nada le servía en esa circunstancia, y aun un revólver le hubiera resultado inútil. El desconocido, que lo tenía a su merced, se escondía detrás del muro, a un costado del tragaluz, desde donde vigilaba al marinero y por donde pasaba sólo la mano que empuñaba el revólver.
            –Escuche bien–dijo el desconocido– y obedezca. El forzado favor que usted me hará le será recompensado. Pero usted no puede elegir. Deberá obedecerme sin chistar, de lo contrario lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa... Hay un revólver de seis tiros cargado con cinco balas. Tómelo.

El marinero holandés obedecía casi inconscientemente. En su hombro, el mono lanzaba gritos de terror y temblaba. El desconocido continuó:

–En el fondo del cuarto hay una cortina. Córrala.

Descorrida la cortina, Hendrijk vio una alcoba y en ella, sobre una cama, atada de pies y manos y amordazada, una mujer lo miraba llena de desesperación.

–Desate a esa mujer y quítele la mordaza–dijo el desconocido.

Ejecutada la orden, la mujer, muy joven y de admirable belleza, se acercó al tragaluz y arrodillándose, exclamó:

-Harry, esta es una celada infame. Me has traído a esta casa para asesinarme. Fingiste haberla alquilado para que pasáramos los primeros tiempos de nuestra reconciliación. Pensaba haberte convencido. ¡Creía que finalmente estabas seguro de que nunca he sido culpable! ¡Harry, Harry, soy inocente!

–No te creo –dijo secamente el desconocido.

–¡Harry, soy inocente! –repitió con estrangulada voz la joven dama.
            –Son tus últimas palabras; las guardo cuidadosamente y me las repetirán toda la vida –la voz del desconocido tembló un instante, pero inmediatamente recobró energías–. Te quiero todavía –agregó–; si te amara menos sería yo mismo quien te mataría. Pero me resulta imposible porque te amo... Ahora, marinero, si antes de que yo haya contado hasta diez usted no ha alojado una bala en la cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres...

Y antes que el desconocido hubiera llegado al cuarto, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la mujer que, siempre arrodillada, lo miraba fijamente. La víctima cayó de cara al suelo: había recibido el tiro en la frente. Seguidamente, un segundo disparo hecho desde el tragaluz hirió al marinero en la sien derecha. Hendrijk se desplomó contra la mesa, mientras el mono, lanzando agudos chillidos de espanto, buscaba refugio en su blusón.

**
            Al día siguiente, unos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de un cottage de las afueras de Southampton, avisaron a la policía, que llegó rápidamente y forzó las puertas, encontrando los cadáveres de la joven dama y del marinero.

El mono salió bruscamente del blusón de su amo y saltó a la cara de uno de los policías. Tanto los asustó, que éstos dieron unos pasos atrás y lo mataron a tiros antes de atreverse a acercarse de nuevo.
            La justicia informó. Pareció evidente que el marinero había matado a la dama y luego se había suicidado. Sin embargo, las circunstancias del drama parecían misteriosas. Los cadáveres fueron identificados sin dificultad, y la gente se preguntaba cómo Lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, pudo haberse encontrado a solas en una aislada casa de campo de las afueras con un marinero llegado la víspera a Southampton.
            El propietario de la finca no pudo dar ningún informe satisfactorio para orientar a la justicia. El cottage había sido alquilado ocho días antes del drama por un tal Collins, de Manchester, a quien, por otra parte, no se pudo encontrar.

El tal Collins usaba anteojos y lucía una larga barba roja, que muy bien podía ser postiza.
            El lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y la desesperación que exhibió inspiraba lástima. Como todo el mundo, no comprendía nada de este asunto.

Después del hecho, se retiró de la vida mundana y vive en su casa de Kensington sin otra compañía que un doméstico mudo y un papagayo que repite sin cesar:

–¡Harry, soy inocente!                       

Apollinaire, Guillaume.

 

El Crimen casi perfecto.  Roberto Arlt

La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre siete y diez de la noche) detenido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.

Lo más curioso de caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de traslucir su intención funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.

Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que servía hacía muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde. La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las entradas y salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.

Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio esta cargado de absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber se la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.

El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.

Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabía dudas. Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante; nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba:¿ dónde se hallaba el envase que contenía el veneno antes de que ella lo arrojara en su bebida?

Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo. Además había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.

Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.

Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor,; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario , pero estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.

Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces. El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.

La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento judicial.

El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la habitación que quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en el magín: ¿y si alguien había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial,. pero convenía verificar la hipótesis.

Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada : la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.

Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente, sino deportivamente. Yo estaba en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.

Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo. que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el

whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí apresuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi cerebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me senté frente a ella y le dije:

- Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo?

-Con hielo, señor.

-¿Dónde compraba el hielo?

- No lo compraba , señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba en pancitos. - Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.-

.-Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.

Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida el químico de nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios pancitos de hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos minutos pudo manifestarnos:

- El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.

Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado.

Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el palto con hielo disuelto se encontrara sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido a su alta concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico, hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.

No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.

A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol. Lo había muerto de un síncope. En su armario se encontraba un frasco de veneno.
Fue el asesino más ingenioso que conocí.

 

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